Akira Yoshimura. Una literatura a la deriva

por Elena Carmona

Nosotros, los lectores de literatura traducida, dependemos de lo que la industria editorial quiera poner en nuestro camino. Somos como bancos de peces, dirigidos por varias corrientes, abocados a acabar muriendo —atrapados y obsesionados— en alguna red, junto con otros lectores. Los de literatura japonesa tenemos la suerte de habitar en un mar amplio, con muchas traducciones a nuestro alcance y distintos autores a los que acercarse y nadar alrededor (¿es necesaria tanta analogía marina?, ¡en este artículo sí!). Y sin embargo hay aguas a las que no podemos acceder. Nos lo impiden muros lingüísticos que, como pasa en todas las tradiciones literarias que nos son extranjeras, a no ser que seas un experimentado en la lengua del texto original, nos dificultan el poder ver más allá de algunas obras y de algunos autores. Akira Yoshimura representa para mí un muro, y debido a que como lectora, de momento se me hace imposible sortearlo, he decidido escribir sobre él. A ver si con unos cuantos peces más podemos, en un futuro, acabar derrumbándolo. 

Si buscamos Akira Yoshimura en la página de Wikipedia en español, nos toparemos con tres únicas pero contundentes líneas sobre este autor y su obra. A pesar de la escasa información de la que disponemos en español, podemos leer traducidas cuatro de sus obras. En realidad diría que dos, porque la mitad se encuentran descatalogadas; Libertad bajo palabra y Justicia de un hombre solo, publicadas ambas por Emecé Editores, ya no se pueden conseguir fácilmente. Es en las dos novelas restantes en las que me basaré para contaros por qué se debería leer más a Akira Yoshimura; El martirio de la joven (seguido de La sonrisa de las piedras) y Naufragios, publicadas recientemente por Marbot Ediciones.  

Panel en el Museo Conmemorativo de Akira Yoshimura, Tokio

Akira Yoshimura (吉村昭) nació en el seno de una familia acomodada en Nippori, Tokio, junto con otros siete hermanos. En 1940 ingresó en la escuela privada Tokyo Kasei Junior High School y se inició en la lectura de clásicos japoneses, publicando su primer escrito en la revista literaria de la escuela. Tras la muerte de su madre y de su padre en 1944 y 1945 sucesivamente, Yoshimura sufrió de hemoptisis, lo que le obligó a someterse a una operación en la que le extirparon cinco costillas izquierdas. Esto provocó que su vida académica se viera paralizada hasta 1950, cuando ingresó en la Universidad de Gakushuin, y se unió a un grupo literario donde conoció a la que más tarde sería su esposa, la novelista Setsuko Tsumura. En 1966 ganó su primer premio literario, el Osamu Dazai, por su novela 「星への旅」(“Viaje a las estrellas”) y en 1973 recibió el 21º Premio Kikuchi Hiroshi por una serie de trabajos documentales, incluyendo “Acorazado Musashi” y “El gran terremoto de Kanto”. Su obra empezó a ser aclamada por la crítica y Yoshimura consolidó su fama como novelista y cronista. También fue director de la Sociedad Literaria de Japón, director del Museo japonés de Literatura Moderna, y segundo director de la Academia japonesa de Bellas Artes de 2004 a 2006. En 2005 le diagnosticaron cáncer de lengua y de páncreas, lo que le dejó en un estado crítico. Ya en su casa, comunicó a su familia que no quería seguir viviendo y se arrancó el catéter de las venas del cuello para morir unas horas más tarde. Su relato póstumo「死顔」(“El rostro de la muerte”) se publicó en la revista literaria Shincho en octubre de 2006.

Akira Yoshimura y su esposa Setsuko Tsumura

“El espectáculo del callejón mojado por la lluvia, extrañamente claro, me parecía fresco y transparente, como si lo contemplara a través de las paredes de un acuario al que acabaran de cambiar el agua.”

El martirio de la joven (2020) por Marbot Ediciones
El martirio de la joven (2020)

Aunque gran parte de su producción literaria más reconocida por la crítica sea la novela histórica y la no ficción, Akira Yoshimura también fue un prolífico escritor de historias cortas, dos de las cuales componen el libro del que hablaremos primero. El martirio de la joven es un relato de apenas ochenta páginas publicado por primera vez en 1963; el relato que hizo de mi introducción a la obra de Akira Yoshimura una auténtica pesadilla. La vida de Yoshimura estuvo marcada por las pérdidas de varios familiares desde una temprana edad —al igual que Kawabata, célebre escritor al que Yoshimura admiraba— y graves problemas de salud, por lo que la muerte representa una temática frecuente que atraviesa muchas de sus historias. Sin embargo, en este caso sería más preciso decir que la muerte ha precedido al relato. Yoshimura hace uso de una narración inquietante y diseccionadora que cuenta las sensaciones que experimenta (todavía) nuestra protagonista: el cadáver de una joven recién fallecida. Sin dolor físico pero con una terrible angustia, la protagonista se ve obligada a contemplar con la capacidad sensitiva de un insecto cómo es manipulada por los hombres de la funeraria, personal médico y estudiantes de medicina. Es casi una metamorfosis post mortem en la que Yoshimura describe con pinceladas impresionistas la transformación de un cuerpo no doliente pero todavía consciente. Este relato culmina con un final claustrofóbico en el que os aseguro que, como yo, os quedaréis atrapados durante mucho tiempo. 

En la película Dolls (2002) de Takeshi Kitano se encuentra la famosa secuencia de “los mendigos atados”, una pareja de amantes unidos por una cuerda roja a la cintura que camina en silencio por bosques, praderas y montañas durante el transcurso de las estaciones. En esta escena los amantes no conversan, ni siquiera necesitan mirarse a la cara, tan solo caminan incansablemente, movidos como por inercia hacia su irremediable y miserable destino, el cual encuentran al final de un precipicio cubierto por la nieve. 

Dolls (2002)

Esta misma inercia es la que dirige a los personajes y, por lo tanto, también al lector de la literatura de Akira Yoshimura. En El martirio de la joven la protagonista ya no es dueña de su propio cuerpo y se ve resignada a contemplar cómo terceras personas lo manipulan a su antojo. La sonrisa de las piedras, el segundo relato de este libro —publicado originalmente un año antes que el primero— si bien es más realista, no es menos inquietante. En esta historia el protagonista es Eiichi, un joven universitario que se reencuentra con un conocido de su infancia, Sone. La hermana de Eiichi se encuentra en un estado melancólico tras descubrir su infertilidad y abandonar consecuentemente la familia de su marido, lo que le hace coser compulsivamente trajes infantiles para donarlos a un orfanato. La entrada de Sone en la vida de Eiichi traerá aparente riqueza gracias al expolio de restos budistas, pero terminará por arrastrar una vida a su paso. De nuevo, aquí los personajes carecen de voluntad propia, las páginas van pasando y el lector llega a un final abierto que deja entrever lo inevitable, que lo anticipa pero no lo explicita; tan solo te deja con un mal sabor de boca que te obliga a cambiar incómodamente de postura una vez cerrado el libro. 

“Oyó una voz lejana en la oscuridad. Estaba de pie en la playa. La voz venía de la superficie del agua. De repente, la voz se acercó y el estruendo del mar embravecido lo rodeó por completo. Las olas se echaron encima de él y perdió el equilibrio. Entonces oyó una voz aguda gritando su nombre.”

Naufragios (2017) por Marbot Ediciones

Naufragios es una novela corta bastante posterior, publicada por primera vez en 1982, que junto con otras obras como「魚影の群れ」(“Un banco de sombras de peces”) o「漂流」(“A la deriva”) comparten el segundo elemento recurrente en la literatura de Yoshimura: el mar. A esta categoría también podrían pertenecer sus crónicas históricas sobre los tsunamis de la costa de Sanriku.

Naufragios (2017)

Naufragios nos cuenta la historia de una aislada y remota aldea costera del Japón medieval, donde Isaku, un niño de diez años, se hace responsable de la supervivencia de su familia tras la partida de su padre para venderse como esclavo. La subsistencia de los aldeanos, siempre al límite de la inanición, depende únicamente de lo que el mar quiera traerles: normalmente se trata de la escasa pesca disponible, pero otras veces, el mar responde a sus plegarias y les otorga regalos. Mediante una técnica desesperada y siniestra, los habitantes atraen barcos mercantes a la costa rocosa para hacerles encallar y, tras asesinar a la tripulación, saquear la comida y los bienes de a bordo. Yoshimura utiliza de nuevo una narración fría y escrutadora que hace al lector ser plenamente consciente del tiempo que transcurre en la novela, a través de la descripción detallada de los ciclos de pesca y los cambios en la naturaleza a los que se corresponden. La lectura de Naufragios es inmersiva y hace que, junto a sus personajes, te encuentres a la deriva, esperando a que ocurra algo inminente. Esta es una historia donde el mar y lo que habita en él bien podría ser otro personaje, y donde Yoshimura nos muestra dilemas morales, decisiones pragmáticas y acontecimientos profundamente violentos a través de los ojos de un niño, Isaku, que al final de la novela se convierte en testigo de la llegada de terribles consecuencias.

Museo Conmemorativo de Akira Yoshimura en Arakawa, Tokio

Akira Yoshimura, el escritor que movía los hilos rojos de sus personajes como si fuera un maestro de marionetas —que dirigía sus movimientos y reducía su voluntad a cenizas— consiguió agarrar su propio hilo, una sonda intravenosa, para arrancarla en ese preciso instante y morir dignamente a los 79 años. Hoy se pueden ver sus manuscritos, cuadernos y artículos en el Museo Conmemorativo de Akira Yoshimura en Arakawa, Tokio. El proyecto de este museo le fue propuesto a Yoshimura un año antes de su muerte, y aceptó con la condición de que se instalara en un edificio cultural ya construido para que no supusiera a los vecinos del barrio ningún coste adicional. El museo fue inaugurado en la Biblioteca de Nippori el 26 de marzo de 2017 con la ayuda de su esposa Setsuko Tsumura.  

Chūya Nakahara: el poeta que miraba a las estrellas y, sin abrazarlas, fruncía el ceño

por Alejandro Sánchez


«Si me preguntan ustedes por qué digo yo “Mil panderos de cristal herían la madrugada”, les diré que los he visto en manos de ángeles y árboles, pero no sabré decir nada más, ni mucho menos explicar su significado. Y está bien que sea así. El hombre se acerca por medio de la poesía con más rapidez al filo donde el filósofo y el matemático vuelven la espalda en silencio».

Con estas palabras, Federico García Lorca justificaba en una conferencia la falta de sentido objetivo tras varios de sus versos del Romancero Gitano, propiciados por un impulso más cercano al sentir que al pensar. Resulta refrescante y hasta familiar, por tanto, que en el prólogo de Abrazado a las estrellas, el nuevo poemario de Chūya Nakahara, se describa lo siguiente:

«Decía Chūya Nakahara […] que, para escribir poesía, había que buscar un estado inconsciente de dicha permanente, entendida esta como una suerte de exaltación del alma que libera al poeta de las experiencias y las corrupciones de este mundo y lo transporta a una etapa previa a la adquisición del significado de los significantes».

En 2019 se publicó en acchiKei un humilde artículo sobre la vida y la poesía de este autor, aunque por aquel entonces no había llegado aún a nuestro idioma de forma oficial (adaptado ya al inglés, francés e incluso euskera, pero no así al castellano). El pasado enero, sin embargo, la editorial Satori le puso remedio al fin y nos trajo una selección de sus poemas más importantes, de la misma manera que hiciera hace un par de años con la poeta Kaneko Misuzu y su obra El alma de las flores. El artículo, por lo que fuera, gustó, así que esta podría considerarse una segunda parte del arco en el que rogábamos al aire que nos trajeran a Chūya Nakahara. Ahora que ya está aquí, podemos irnos por otros derroteros de los que hablaremos en un futuro.

Vayan quienes nos lean bajo aviso, pues la copia que se comenta aquí ha sido cedida muy amablemente por la editorial. Esto significa que, aunque hagamos lo posible por realizar una reseña lo más objetiva posible, al final corresponde a nuestro público valorar por su cuenta si el poemario merece los dineros que buenamente se han invertido en su realización. Por ahorrar tiempo, diremos: , rotundamente. A quien le interese por qué, que siga leyendo.

Corre a menudo por las redes aquella frase de Yasunari Kawabata en la que, tras anunciarse que recibiría el Nobel de Literatura, este comenta: «la mitad de mi premio debería ir al traductor por su destreza». Esto es así, se conoce y así ha de ser, al menos en lo que respecta al panorama internacional (sin entrar en que lo internacional esté limitado de forma estricta a la esfera anglófona y demás diatribas derivadas de la globalización).

Por poner un ejemplo reciente,『JR上野駅公園口』de la autora Yū Miri salió allá por 2014 (éramos más felices, a pesar de los mayas), pero no alcanzó la reputación internacional de la que goza ahora hasta los dos últimos años. ¿La razón? En 2019, la editorial británica Tilted Axis Press apostó por esta fantástica novela y se la encomendó a la traductora Morgan Giles.

Quizás os suene el título en su versión inglesa: “Tokyo Ueno Station”. Pues bien, el pasado año 2020, la dupla Miri-Giles ganó el National Book Award de Estados Unidos en la rama de mejor obra de literatura traducida. Tan jubiloso éxito de ventas y galardones ya ha dado pie a que, para este año 2021, se espere la siguiente colaboración de autora y traductora con una obra aún más separada en el tiempo de su original:8月の果て, titulado en inglés “The End of August” y que Yū Miri escribió allá por… 2004.

Ojalá la Tierra se dividiera en dos partes:
una podría ser el mundo de fuera,
en la otra yo me quedaría sentado
bajo la inmensidad azul del cielo.

«Este niño», de Chūya Nakahara (trad. David Taranco)

En el caso que nos ocupa hoy, la traducción de «Abrazado a las estrellas» corre a cargo de David Taranco. Si lo limitáramos a su rol de traductor, sin embargo, le haríamos una enorme injusticia: Taranco no solo se ha encargado de lo que estrictamente corresponde a adaptar los textos, sino que ha hecho también una selección temática de la obra vital de Nakahara, la ha contextualizado en un magnífico prólogo de 20 páginas, se ha adentrado en la teoría tras sus adaptaciones (métricas, patrones, hemistiquios, sangrías y demás fanfarria) y de forma continua, en muchos de los poemas recogidos en el libro, añade notas al pie para recordar el contexto de según qué versos, simbologías o fechas.

Quizá con un ejemplo sea mucho más fácil entender esto.

Hablemos de «yuān yuyōn yuyayuyon». Es un verso estrictamente sonoro que pertenece a su poema サーカス (El circo). Su intención es evocar un vaivén, que bien puede ser de un trapecista, o simplemente de un columpio que se mece. Quien estudie japonés sabrá de la importancia de las onomatopeyas, pues ocupan una parte significativa del vocabulario y en muchas ocasiones no se pueden adaptar de forma equivalente al español (¿lo traducimos como fiiiauuumm? ¿No sería eso, más bien, un coche? O tal vez baaabuuum, aunque bien podría ser el latido de un corazón o una explosión).

He aquí cómo lo adaptó el traductor: «ba lan ce án do se va». Si se lee en alto, hay algo llamativo. Posiblemente, resulte en esto:

Y ya está. O, mejor dicho, Taranco resuelve así el problema sonoro y nos da a la vez lo que evoca, con un recurso propio del lenguaje que nos resulta familiar: la tilde marca de forma muy conveniente el punto de inflexión, y tal como ha venido, el verso cierra como mismo empieza (bava). Este cuidado a cada detalle se mantiene con otros tantos versos y no hay ninguna mentira oculta: este poemario incluye tres versiones de cada verso: en romaji, su original en japonés y la propuesta del traductor. Lo que se ve es lo que hay, a pesar de que se parte de muchas incógnitas: abundan los casos en los que los críticos no saben qué quiere referenciar Nakahara y, como hemos puesto al principio de este artículo, es bastante probable que ni él lo supiera realmente.

Así termino por no ofrecer resistencia y entro en sopor,
con querencia a lo real y sin temer lo mundano,
al no poder olvidar tu amor pensando en lo aciago,
pero morir también es grotesco y pienso: ay, qué dolor, ay, qué dolor.

«La vida», Chūya Nakahara (trad. David Taranco)

Nos gustaría ahondar un poco más, también, en dos tipos de adaptaciones seguidas por Taranco: en primer lugar, (aunque quizá sea más común y pueda resultar en redundante para quien haya disfrutado ya de otros poemarios publicados por Satori): la transliteración de los versos al alfabeto latino. Quien haya tratado con distintos métodos de conversión sabrá que cada casa lo adopta como buenamente quiere, y esto es un auténtico jaleo cambiante y continuo. No es poco común ver que, en la literatura bilingüe, algo tan simple como un そうして se adapte tal que soushite, sooshite o sôshite (con acento circunflejo), y esto es solo con la parte そう de la palabra y sin ahondar en し. Con apenas unas pautas, sin embargo, el traductor consigue que el original transliterado sea legible sin torcer la cara: añade macrones para todas las vocales alargadas, espacios consistentes para palabras, partículas y adjetivos, e incluso sangrías para ajustar las partes que no entran por formato en vez de formar una nueva línea con ellas.

Por otra parte, y esto es lo auténticamente interesante: Taranco se toma licencias y, en ocasiones, ignora las convenciones gramaticales para ello. Así, tenemos estrofas como:

 cuando entro en el hogar
	me sumerjo en su sosiego
ya sea una colina en un atardecer otoñal o el vapor del fuego
		hay algo que me infunde un mareo
		
			en una mansión de otra era
				zas zas bailan las faldas la cuadrilla
				zas zas bailan las faldas la cuadrilla
			algún día, como la cuadrilla, todo llega a su fin       

						«Recuerdo de primavera», página 49.

¡Esto no es así en japonés!

Desde luego que no. Es una traducción, al fin y al cabo. Pero aclaremos qué significa esto:

De entrada, no hay mayúsculas, pero esto no viene dado del original (donde la idea de mayúsculas y minúsculas como tal no existe), sino que es un añadido propio para adaptar otro aspecto del poema: la fluidez del ritmo. En los versos de este poema de Nakahara faltan la puntuación final en los versos y las comas, pero se añaden exclamaciones enfáticas y paréntesis al final de cada verso octavo.

Todo esto, no obstante, se pierde en la versión traducida, a cambio de jugar con el tiempo: esto es, que el único momento del poema en el que se añaden comas es en el último verso, para dar cierto «orden» al caos precedente y servir de nota final. Habrá, también, quien se haya fijado en que aquello que sí se puede adaptar (la estructura de los versos, onomatopeyas) sí se ha añadido como parte fundamental del poema. En resumidas cuentas: licencias, sí, pero con conocimiento de causa y no en un arrebato de superposición del traductor sobre el autor.

Subí a la montaña y sentí el viento
tenía el corazón frío y yerto
el pasado sonreía su tristeza
¿dormía la gente en la ciudad su pereza?

«Un poema en cuatro renglones», de Chūya Nakahara (trad. David Taranco).

Después de la parte más técnica, queremos acabar con algo sencillo. «Abrazado a las estrellas» es un libro más o menos breve en el que se nota mucho el cuidado puesto por Taranco, pero también por la editorial Satori como conjunto: tapa dura, papel de calidad, un diseño de portada precioso de Marco Recuero, un interior agradable a la vista y otras tantas fruslerías que tantos nos gustan a quienes compramos libros para no leerlos después.

Como parte de su Colección poética, Satori se responsabiliza de darnos el contexto necesario para saber quién es Chūya Nakahara, qué contribuyó a la literatura japonesa y por qué debería estar en nuestras estanterías. Con este lanzamiento piloto se responde a dichas cuestiones, aunque queda esperar que a la gente le interesen las respuestas para que podamos ver más textos suyos en nuestro mercado más adelante.

Tal vez lo más divertido de la literatura traducida sea que, incluso si consideramos una adaptación como idónea y que encaje a la perfección, siempre puede venir una nueva voz que consiga fascinarnos de una manera diferente.


Podéis conseguir Abrazado a las estrellas en la página web de Satori Ediciones o en vuestra librería más cercana.

Azul casi transparente: unos gramos de generación beat en Japón

por Elena Carmona
Fotografías de la serie Blue Period de Nobuyoshi Araki

Ah, la generación beat, esos escritores de los cincuenta, libertarios estadounidenses y sus novelas caleidoscopio; reflejos iridiscentes, sabores raros y texturas rugosas. Algunas palabras parecen estar escritas en polvo, y otras se mueven como si fueran líquidas —¿estas novelas se leen, se pinchan, se esnifan?— En la generación beat habita William Burroughs y su prolapso de carne, que supura por las páginas del Almuerzo desnudo, descendiendo a los infiernos de orgías sardónicas y denuncia social, de locas, masoquistas, dentistas, profetas, yonquis y burócratas. Las pocas personas que han conseguido leerse una novela de la generación beat entera son los mismos edgys que dicen que su película favorita es Pink Flamingos de John Waters.   

La literatura japonesa, sin embargo, tan suya y tan austera, al igual que un jardín seco; las palabras puestas como piedras en los lugares adecuados del paisaje, sobre prosa bella y arenosa, de sombras suaves y narradores nostálgicos que vienen chapoteando como la rana de Bashō desde la clásica era Heian hasta nuestros días. Entre las páginas de papel de arroz de la literatura japonesa no hay sitio para lo beat

…o quizá sí.

“Mientras comíamos la fruta apilada en fuentes y bebíamos vino, la habitación entera sucumbía violada por el calor. Tenía ganas de que me despojaran de mi piel, como una fruta. Quería empaparme de la carne aceitosa y brillante de los negros y clavarlos dentro de mí”.

Así escribía el joven Ryū Murakami (no, no es el Murakami hegemónico) de 24 años en su primera novela Azul casi transparente de 1976. Influenciado por los soldados americanos y las bases militares estadounidenses de su Sasebo natal en Nagasaki, Murakami constituyó una ruptura crucial en la literatura japonesa de la década de los 70. No me malinterpretéis, ya hubo otros que hablaron sobre sexo y drogas en la tradición literaria japonesa, pero es Murakami el único autor al que se le podría considerar beatnik, y sus novelas, comparables a las de los yanquis, escritas por una mano de impulso lujurioso, casi animal, que consiguen dejar las costuras humanas al descubierto.

Primera portada de la editorial Anagrama para Azul casi transparente (2006)

Junichirō Tanizaki habla en su breve ensayo El Elogio de la sombra (1933) sobre la estética japonesa; una estética de contrastes, de oscuridades intencionadas y de sensualidad descubierta, al contrario que la occidental, pulida, brillante y definida. Si la estética literaria se pudiera comparar con cómo la luz se posa sobre un cuerpo, la japonesa se asemejaría a la luz de las velas, inestables sobre la piel, dejando escondidos algunos recovecos y realzando otros terrenos a la vez. La occidental sería una luz de interrogatorio, blanca y potente que deja al descubierto todos y cada uno de los poros de la piel, una luz pornográfica, en la que no tiene cabida la imaginación. Fue Ryū Murakami (de nuevo, no el Murakami hegemónico) quien rompió con este canon. Al igual que las novelas de la generación beat, la obra de Murakami no esconde nada, ni teme mostrar los fetiches, los miedos, las pasiones y los secretos más íntimos de sus personajes, por muy depravados y violentos que estos sean. La luz azul de Murakami lo aplana todo, igualando los placeres del sexo, la droga, la comida y la música.  

“Pastel de queso con frambuesa, racimos de uvas sobre el fondo rosado de las negras manos. Patas cocidas de cangrejo aún humeantes rompiéndose con pinzas, vino dulce rosado americano, dátiles como dedos llenos de verrugas cortados de cadáveres, sándwiches de bacon como labios en torno a mi lengua de mujer, ensalada rezumante de mayonesa rosa.”

Comparando Azul casi transparente con la que sería, quizás, una de las obras más representativas de la generación beat como es el Almuerzo desnudo (1959) de William Burroughs, podemos afirmar que ambas novelas tienen en común su característico flujo sinestésico que nos aturde los sentidos, dejándonos sin saber muy bien qué acabamos de leer. Pero si al abrir el libro de Burroughs, las palabras nos salpican, nos llegan olores sospechosos y los colores salen hacia fuera al encuentro de los ojos del lector, en Azul es todo lo contrario. Leer a Ryū Murakami es como mirar con lupa un suelo muy sucio. Un suelo pegajoso, donde se ha derramado jugo de piña, donde también hay pelos rubios, uñas cortadas, kleenex con sangre, colillas, pétalos de rosa, migas de pan y trozos de cristales rotos. Murakami ilumina esa maraña de objetos y fluidos con un tono azulado (en el título original, ブルー) que transmite una profunda nostalgia, y que, para qué mentirnos, nos encanta. 

Ryū Murakami

“Por un instante, a la luz azul pálido del relámpago todo se hizo transparente. El cuerpo de Lilly y mis brazos y la base y las montañas y el cielo nublado, todo transparente. Y entonces descubrí una línea curva atravesando la transparencia. Tenía una forma que nunca antes había visto, una blancura que se curva trazando arcos espléndidos.”

Así que ya sabéis, si en vuestra librería de confianza, en la estantería de “literatura oriental” encontráis sepultada bajo la pila de libros de, lo voy a volver a decir, el Murakami hegemónico, una novela rezagada de Ryū, id a por ella, sostenedla fuerte y no la dejéis ir. A pesar de ser un escritor tan importante, su obra se está viendo descatalogada del panorama editorial español (I don’t feel so good Mr. Murakami…), porque sus pocas novelas traducidas no están siendo reeditadas. Así que desde aquí hago un llamamiento, ¡arrojemos luz (azul, claro) sobre el trabajo de Ryū Murakami, no dejemos que caiga en la damnatio memoriae!; ¡que este sea el primer paso para cambiarlo!          

Chūya Nakahara: el poeta japonés maldito que admiró a Rimbaud

“No hay ningún poeta japonés moderno que haya ahondado tanto en las posibilidades sonoras del lenguaje como Nakahara. Fue capaz de representar la genialidad perenne de la sensibilidad nacional, no aferrándose a la tradición literaria clásica ni a la corriente tan kitsch de geishas y árboles de cerezo, sino a través de la esencia misma de sus versos”.

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Un verso de Nakahara, a modo de mural, en el museo dedicado a su persona en Yamaguchi.

Actualización a 08/02/21: Gracias a @dirtysorrow por informarnos de una errata biográfica sobre Nakahara, que ya ha sido corregida.

Shūichi Katō, reputado crítico de literatura japonesa, define así a un poeta maldito que murió con apenas 30 años, que fue conocido por su tremenda irreverencia, su falso desdén a los cánones de la poesía japonesa y su estilo de vida disfuncional. El mundo de la lírica recuerda hoy en día a un hombre que fracasó en casi todos sus intentos de difundir su obra, que fue indolente y cariñoso a la vez con sus relaciones familiares y románticas y que murió entre delirios en la cama de un hospital.

De nuestro poeta se ha dicho mucho y escrito más. De su niñez (1907 en adelante), que el primogénito de los Nakahara estaba muy mimado (cuando hacía algo mal, su padre le llegaba a pegar con un pañuelo, aunque esto era más anecdótico que rutinario). Pero tampoco podía jugar con los demás niños de su edad, así que en su casa se daba una mezcla agotadora de rigor y manga ancha. Nakahara acabó marchándose de este nido excesivamente acogedor a los 17 años para vivir con la actriz Yasuko Hasegawa. Esta relación duró apenas un año, cuando Hasegawa le dejó y empezó a salir con Hideo Kobayashi, amigo de Nakahara y compañero poeta. Esta ruptura marcó un punto de inflexión para Nakahara y en sus memorias escribió: “Me sentí totalmente humillado. A raíz de este incidente, perdí la paz perpetua que conlleva la autocoherencia”.

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Fotografía de un pequeño Chūya y su padre en 1907.

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Nakahara se casaría con Ueno Takako en 1933.

Podríamos hablar largo y tendido sobre la vida de Nakahara: sus relaciones amorosas, sus hijos (legítimos o no), sus amistades y contactos, su actitud enajenante que le apartaría de todo esto… y daría para otro artículo, un prólogo o una tesis doctoral, según la dedicación que requiriera. Me gustaría centrarme, sin embargo, en un aspecto un tanto insólito para un poeta japonés del siglo XX. He aquí lo publicado por Nakahara en vida:

Antologías propias:

  • Yagi no Uta (山羊の歌), 1934
    La primera antología de poemas de Nakahara, que contó con veinte reservas en total y una edición pagada con donativos de su madre.
    44 poemas de entre 1924 y 1930.
  • Arishi Hi no Uta (在りし日の歌), 1938
    La última antología de poemas de Nakahara, con mil copias distribuidas en 1938 (año de su muerte) y veinte mil en 1947.
    58 poemas de entre 1925 y 1937.

Antologías traducidas:

  • Rimbaud jishū: gakkō jidai no toki (ランボオ詩集 学校時代の詩), 1933.
    “Antología de Rimbaud: poesías de su época escolar”.
  • Rimbaud jishō (ランボオ詩抄), 1937.
    “Obras seleccionadas de Rimbaud”.
  • Rimbaud jishū (ランボオ詩集), 1938
    “Antología de poesía de Rimbaud”.

De cinco obras, tres son ajenas y dedicadas a un mismo poeta: Arthur Rimbaud, el pintoresco poeta francés que revolucionó el mundo del verso y lo abandonó con apenas diecinueve años. Nakahara veía en él, junto a Verlaine, al tipo de poeta en el que quería convertirse: llegó a alabar más a Rimbaud sobre Verlaine por su faceta de “romántico”.

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Portada de la edición de New Star Press de Yagi no Uta (山羊の歌) publicada por primera vez en 1934

Arthur Rimbaud y Nakahara: dadaísmo internacional

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El poeta francés Arthur Rimbaud (1854-1891)

Esto de que Nakahara quisiera convertirse en Rimbaud, por cierto, no es una expresión ni una metáfora. Kawakami Tetsutarō decía que “Nakahara caminaba con las manos en los bolsillos de su chaqueta, con un conjunto similar al que llevaba Rimbaud en el retrato de Verlaine: ropa negra y bombín […] Su comportamiento era extraordinario. Yo le escuchaba con una mezcla entre curiosidad, fascinación y disgusto”.

Como hemos visto antes, Nakahara fue uno de los poetas que más se dejó embelesar por los versos de Rimbaud. Tanto es así que optó por traducir varias de sus obras (lo que a su vez es un tema de estudio por la adaptación al japonés de poesía francesa y patatín, patatán). Aquí un ejemplo, para quien tenga curiosidad, con uno de los fragmentos más famosos de Rimbaud:

Arthur Rimbaud Carlos Barbáchano Chuya Nakahara
Versión original en francés Traducción al castellano Traducción al japonés
Ô saisons, ô châteaux
Quelle âme est sans défauts?
Ô saisons, ô châteaux,
J’ai fait la magique étude
Du Bonheur, que nul n’élude.
¡Oh temporadas, oh castillos!
¿Qué alma existe sin defectos?
¡Oh temporadas, oh castillos!
He realizado el mágico estudio
de la dicha, que nadie elude.
季節が流れる、城寨が見える
無疵な魂なぞ 何処にあらう?
季節が流れる、城寨が見える
私の手がけた 幸福の
秘法を誰が脱れ得よう。

“La diferencia más importante entre “la poesía” [europea] y el waka o el haiku es que, aun considerando sus matices distintivos, la poesía da más margen a la repetición, así como a los acrósticos y estribillos”. Esto decía Nakahara tras estudiar la poesía europea (en particular, la francesa) y quedar fascinado por sus recursos polifacéticos. En 1933 publicó su primera antología de poesía traducida de Rimbaud, de la que Shōhei Ōka comentaba que “como traducción es un tanto carente lingüísticamente, pero sabe plasmar el conjunto de la obra mejor que nadie. Presta bastante atención a los vacíos que deja Rimbaud al saltarse palabras. Es una traducción muy dramática”.

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Nakahara Chūya Memorial Museum en Yamaguchi.

El caso es que la versión traducida de Nakahara es, además, un intento muy interesante de aunar lo europeo y lo japonés. Por ejemplo, cuando hace la adaptación de un poema de corte dadaísta, también añade los matices propios de la coda silábica y de ritmo de un poema en japonés. Si nosotros estudiamos un tema y queremos asimilarlo, lo hacemos (normalmente) estructurando la información en diferentes categorías (con esquemas, por ejemplo) y para ello evaluamos qué distingue un apartado de otro. Aunque parezca irrelevante, la interpretación que da Nakahara a estos poemas y cómo los adapta después es un tema necesario para estudiar tanto al propio poeta como a Rimbaud. Pensemos en que, a no ser que seamos políglotas, a menudo nos toparemos con literatura traducida de otros idiomas y, si son clásicos, entrarán en juego diferentes versiones con perspectivas propias. Estos clásicos, a su vez, influenciarán a una nueva generación de escritores que implementarán lo aprendido en sus obras y… bueno, ya me entendéis.

Vamos a hacer, pues, un breve repaso de las traducciones.

Nakahara fuera de Japón

Hace unos años, la Editorial Atalanta lanzó un tomo único de 1624 páginas con toda la obra traducida de Arthur Rimbaud, en edición bilingüe en francés y español, cuya publicación fue financiada por el Ministerio de Cultura, Educación y Deporte. Es una maravilla de libro y un privilegio asociado a pocos poetas: la publicación de absolutamente todo cuanto escriben (poesía o no), en una tarea de cuestión prácticamente arqueológica y que supone un deleite para el lector que admira al poeta recopilado: entiendes la obra en su conjunto y también al autor. ¿Quieres todo lo que ha escrito Rimbaud? Aquí tienes el tomo, que pesa como un recién nacido y dan las mismas ganas de besarle el lomo.

¿Quieres todo lo que ha publicado Nakahara? Porque en Japón también se ha llevado a cabo esta misma labor arqueológica; esta excavación de todo cuanto el autor publicó en vida, sea en revistas, en correspondencia o en borradores. De hecho, la obra total de Nakahara ocupó seis volúmenes cuando se hizo un intento de compilación de su obras completas allá por 1967.

Esto es lo que se ha publicado en España:

  • Yoshida, H. (2017) Chuya Nakahara Antologia (Editorial SUSA): 64 páginas en euskera.

Esto es lo que se ha publicado en inglés:

  • Beville, R. (2002) Poems of the Goat: Yagi no Uta (Amer Book Co.): 77 páginas, descatalogado.
  • Beville, R. (2005) Poems of Days Past: Arishi Hi no Uta (The American Book Company): 83 páginas, descatalogado.
  • Mackintosh, P; Sugiyama, M. (1995, re.2017) The Poems of Chūya Nakahara (Gracewing): 150 páginas.

Y… ya está. Aunque los trabajos de Beville son ediciones bilingües, también son parte de una serie planeada de tres libros cuya última entrega no se ha publicado aún a día de hoy. También está el detalle de que ambos libros están descatalogados en plataformas-imperio como Amazon o Bookdepository, aunque el traductor dijo en sus redes a principios de este año que lanzaría una versión reeditada y mejorada del volumen de 2002. La obra traducida más accesible de Nakahara, la antología de Mackintosh y Sugiyama, solo trae la versión en inglés y lo hace de una forma un tanto descuidada, sin cronologías o argumentos para explicar los poemas escogidos.

La gran disparidad de ambas versiones también se explica de la siguiente forma: Nakahara tiene dos vías poéticas, la sonora y la significativa. Conservar ambas es un trabajo que muy pocos traductores pueden hacer, y los trabajos de Beville y Mackintosh/Sugiyama son, al fin y al cabo, licencias fundamentadas en teorías. Pongamos otra muestra, esta vez de un poema extraído de Arishi Hi no Uta (Poems of Days Past):

六月の雨

またひとしきり 午前の雨が
菖蒲のいろの みどりいろ
眼うるめる 面長き女
たちあらはれて 消えてゆく

Y sus dos versiones traducidas:

Ry Beville  Paul Mackintosh / Maki Sugiyama

June Rain

June Rain

Again this morning spells of rain
A striking woman eyes awash
With iris hues of deep marine
Appears and then begins to vanish
Again for some time,  morning rain;
Iris-coloured,     green;
Eyes moist,     a long faced woman
Appears    and vanishes.

Está claro que Ry Beville elige mantener la idea narrativa a costa de la métrica, mientras que en la versión de Mackintosh/Sugiyama se mantiene el mismo patrón, pero queda una escena más difusa y críptica. En tan solo dos versiones vemos que existe una polarización notable, pero, ¿se ha tenido en cuenta el gusto por lo dadaísta de Nakahara? ¿Es más imperativo en el poeta lo que cuenta, o cómo lo cuenta? El debate de contenido y forma no es nuevo: sirva el ejemplo de Jun’ichiro Tanizaki y Ryūnosuke Akutagawa, escritores de renombre del Japón del siglo XX (mucho más que eso, pero por cuestiones de brevedad lo dejaremos así), que ya tenían debates acalorados sobre cuál de los dos elementos era más relevante en una historia.

Nakahara es un autor de relevancia notable en Japón (véase la cita del principio del artículo) y un componente necesario para entender la poesía del siglo XX. No tener la oportunidad de leer y estudiar su obra a través de medios más cercanos supone tener una parte de historia inaccesible para quien no disponga de los recursos necesarios para su disfrute (a saber: conocimiento del idioma, conocimiento literario, economía, etc). La literatura japonesa en español está dando pasos importantes gracias a editoriales como Satori, Quaterni, Impedimenta y demás, pero aún queda un trecho por recorrer y solo queda esperar que se haga con pasos tan cuidados como hasta ahora.

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Pequeño homenaje en el © BOOKCAFE&BAR Zikkai de Ginza en Tokio