Política y redefinición del otaku. Si da dinerín, tan malo no será

Desde hace un tiempo, las redes son escenario de numerosos combates dialécticos alrededor de un tema que llama fuerte mi atención: la politización/ despolitización de la cultura popular. El protagonismo y la representación de minorías sociales en la ficción se define en ocasiones como un intento de “politizar” y se acusa a los creadores de querer introducirlos con calzador, con el objetivo de ganarse la simpatía de un sector de los consumidores. La supuesta despolitización y desideologización por la que no pocos abogan, parece camuflar un intento de extender la hegemonía en la ficción de una serie de personajes prototípicos y ya conocidos. Aunque no quiero irme por las ramas, que todavía estoy en la introducción. De lo que quiero hablar hoy es de cómo la política, ideología y los intereses que manan de ambas están también presentes en la creación y difusión de un concepto ya tan popularizado como el de otaku, y sus significados.  Pero, ¿qué narices es un otaku?

Fotografía de portada por © Víctor Alonso.

 

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No parece difícil caricaturizar a un otaku. Imagen de © j-town.net

Que ser otaku mola. Que los otakus no se duchan. Que guapísimo el cosplay ese de Saitama. Que van a morir vírgenes. Que a tope con el poder de la amistad. Que vaya pervertidos con lo del hentai. Que maravillosa política taiwanesa que ha ganado las elecciones disfrazada de Asuka Langley. ¿De qué va todo esto?

Hablar de otaku es automáticamente situarse entre un batiburrilo dialéctico de tensiones y opuestos: aceptación/rechazo, alternativo/mainstream, orgullo/vergüenza, guay/grimita, etc. Ciertamente, no es tan fácil definir qué es un otaku. Vale, sabemos que fundamentalmente hace alusión a fans de anime, manga, videojuegos, cosplay (por favor, nunca reduzcáis “cultura japonesa” a esto, que no está bonito). Sabemos también que es un término japonés y que su exportación y proceso de recepción en el extranjero conlleva, necesariamente, reinterpretaciones de su significado (difícilmente será lo mismo ser otaku en Japón que, por ejemplo, en España). Y a partir de ahí, lo que queda es moverse entre las tensiones. Vamos a dar por válida en este artículo esa asociación de otaku con manganime, videojuegos y cosplay (¿aunque, qué diríais si os digo que también hay otakus de los trenes?) y me meto ya en faena para responder a la siguiente pregunta: ¿qué relación hay entre la crisis económica de los 90, el gobierno japonés, y los cambios en términos de aceptación social de los otaku? Para hacerlo llevadero, lo dividiré en tres partes que coinciden en el tiempo con las décadas de los 80, los 90 y el comienzo del siglo XXI.

1. El debate (casi) invisible y los asesinatos de 1989

Aunque su uso en el habla es anterior, el término otaku aparece por primera vez sobre el papel en una serie de artículos de Akio Nakamori para la revista Manga Burikko, en 1983. ¿Alguien se imagina ser aficionado a la jardinería y sentir que lo ponen a parir en una revista sobre jardines? Esto es más o menos lo que ocurrió con estos artículos, en los que se perfilaron los cimientos de lo que a partir de 1989 se convirtió en un pánico a los otaku. Nakamori atacó con dureza a los otaku. Un ejemplo:

Los otaku definitivamente carecen de habilidades masculinas. Así que están satisfechos llevando fotografías de personajes de anime como Minky Momo y Nanako. Lo llamaría un complejo bidimensional. Ni siquiera pueden hablar con mujeres reales. En casos menos extremos, orbitan alrededor de cantantes idol que no muestran su feminidad, o se pervierten y se adentran en el lolicon. Estos chicos jamás aceptarán una foto de una mujer madura desnuda.

En este extracto, Nakamori introduce una característica cuya aceptación continúa hoy muy extendida. Una definición de los otaku como “hombres desviados”, como individuos que no son hombres al completo (se ve que, entre el concepto de habilidades masculinas de Nakamori, se encuentra el de estar interesado y resultar atractivo para las mujeres). Incluso jerarquiza esta idea de masculinidad: hombres a los que gustan las “mujeres reales”: bien; hombres a los que le gustan las idols: mal; hombres a los que les va lo bidimensional: fatal. La revista, que daba voz en una de sus secciones a los lectores que les escribían, fue el escenario de un debate que acabó finalmente con Nakamori desvinculado de la misma, pero estas ideas despectivas sobre los otaku calaron incluso entre los que se auto identificaban como tal.

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Portada de Manga Burikko, correspondiente al tomo de noviembre de 1984

Sin embargo, la polémica sobre la definición del término otaku no trascendió mucho más allá de las páginas de la revista ni de círculos concretos. Fue entre 1988 y 1989 cuando el una parte mayoritaria de la población comenzó a a asimilar y a construir una idea de otaku, a partir de los secuestros y asesinatos de cuatro niñas de entre 4 y 7 años, perpetrados por Tsutomu Miyazaki, un joven de 26-27 años que fue detenido en 1989, condenado a muerte en 1997 y ejecutado en 2008. Tras su detención, en 1989, los medios tuvieron acceso a imágenes y vídeos de su habitación, en los que la policía encontró una gran cantidad de manga, además de alrededor de 6000 vídeos, entre los cuales figuraban grabaciones de anime, pornografía, películas de terror e incluso de sus víctimas. Desde los medios de comunicación se hizo especial hincapié en esta información, y tuvieron lugar numerosos debates en los que se discutía la influencia del anime o el manga en el asesino. Miyazaki pasó a ser la representación de los otaku para una parte importante de la población. La figura del otaku quedó reducida a los problemas para socializar, la perversión, la pederastia, obsesión por lo bidimensional, los problemas para distinguir la realidad y la ficción, etc.

El Estado, asumiendo de algún modo esa conexión entre los conceptos otaku y “criminal”, llevó a cabo a partir de 1990 una serie de campañas para criticar, censurar o eliminar producciones de ficción que no se ajustasen a determinados criterios, viéndose fuertemente afectadas aquellas que pudieran ofrecer un contenido de carácter más sexual o erótico, especialmente géneros como el shojo, el yaoi, el lolicon y, en general, un porcentaje muy importante del manga creado por artistas amateur. Según Sharon Kinsella (1999), este control respondía también a los intereses del propio Estado y de empresas privadas para utilizar el manga como una herramienta para acercarse al a población o a sus trabajadores.

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Fotografías de la habitación de Tsutomu Miyazaki, “el asesino otaku“.

 

2. La crisis económica y la transformación de Akihabara

La recesión económica de los 90 fue el contexto en el que los otaku comenzaron a ganar cierta aceptación social. A diferencia de otras industrias y sectores, lo que podemos denominar “industria otaku” (manga, anime, videojuegos, merchandising, etc.) no sufrió el impacto de la crisis: el consumo continuaba sin disminuir. Así lo explica Galbraith (2010):

Las investigaciones muestran que el gasto de los entusiastas en sus hobbies no disminuyó durante la recesión. Los otaku se convitieron de pronto en un rayo de luz en el Japón de la recesión. Hoy en día no es extraño que personalidades (…) o políticos (…) se declaren otaku.

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Serie fotográfica Akihabara Night Walk 2017 por © Víctor Alonso.

Akihabara, hasta la primera mitad de los 90 un lugar copado fundamentalmente por tiendas de productos electrónicos, vivió una rápida transformación hasta convertirse en una suerte de “tierra sagrada otaku”, repleta de tiendas de manganime y videojuegos, entre otros establecimientos. En este sentido, el anime Neon Genesis Evangelion (1995) y, en especial, el personaje de Rei Ayanami, junto con el auge de Internet, contribuyeron a la demanda de los productos ofrecidos en estas tiendas, que se multiplicaron e número. Algunos autores señalan que la participación del Estado en este crecimiento y transformación de Akihabara fue inexistente o nula. No obstante, el potencial económico y el gasto llevado a cabo por consumidores de productos otaku no escapó, lógicamente, de la vista del Estado, que comenzó a replantearse ciertos posicionamientos previos. Los otaku, todavía entonces vinculados a la figura del asesino Tsutomu Miyazaki, se estaban convirtiendo en un grupo de consumo de lo más interesante, especialmente teniendo en cuenta la época de crisis. Pero, ¿cómo lidiar con esta contradicción? ¿Cómo explicar a la población que no hay ningún problema con los otaku y que, de hecho, esos “obsesionados” pueden suponer un beneficio económico al país? ¿Antes criminales y ahora “un rayo de luz”?

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Rei Ayanami fue todo un boom a mediados de los 90. Extracto de Neon Genesis Evangelion (1995).

3. Del otaku obsesivo y el pánico al otaku entusiasta y las políticas Cool Japan

En el año 2004, el Instituto Nomura lleva a cabo un informe que rompe claramente con la manera tradicional de definir a los otaku. La carga peyorativa tan presente en textos y discursos anteriores desaparece por completo, favoreciendo una nueva manera de entender al otaku, que el Estado recogió y fomentó para sus posteriores iniciativas llevadas a cabo bajo la marca Cool Japan. En este informe, los otaku ya no aparecen definidos como “obsesivos” o “maniáticos”, sino como personas “idealistas” y “soñadores”, que persiguen la consecución de sus objetivos a través del consumo. El otaku es un apasionado que vive con intensidad y emoción sus aficiones y el concepto de “consumidor entusiasta” aparece continuamente como sustituto de otaku. También son creativos, innovadores, colaboran de la evolución del sector gracias a sus grandes conocimientos y su participación como creadores de contenido amateur o de críticas. ¿Qué hay del carácter antisocial? Uno diría, leyendo el estudio, que quien tiene un problema es, precisamente, la gente no otaku, al no lograr entenderlos:

Los consumidores entusiastas tienen un interés tan fuerte en algunos asuntos que la gente común no puede entenderlo fácilmente. Por esa razón, ellos creen que no deberían aparecer en público y, debido a esto, tienden a formar comunidades con personas que compartan sus mismos intereses en una determinada materia.

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El informe del Instituto Nomura divide a los otaku en cinco categorías según sus aficiones: manga, anime, videojuegos, idols y montaje de ordenadores. Extracto del documental Tokyo Idols (2018)

Por si no lo he dejado suficientemente claro: el cambio en el discurso reflejado por parte del Estado o de organizaciones como el Instituto Nomura va acompañado de la progresiva consolidación de los otaku como un grupo de consumo potente y beneficioso en términos económicos. Vaya, el capital manda y si da dinero, ¡tan malo no será!  (diría cualquier liberal). Esos cambios se van a apreciar también en los mass media, o en series como Densha Otoko (2005), que marca también un punto de inflexión en el modo de ver a los otaku. Y es precisamente en esta década de los 2000 , en la que comienzan a llevarse a cabo las políticas de Cool Japan. Cool Japan es, por un lado, el conjunto de estrategias políticas llevadas a cabo por el gobierno y empresas privadas con el objetivo de fomentar la “cultura” japonesa a través de las industria creativas. Por otro lado, Cool Japan es también todo ese “universo” de productos, actividades, colectivos, etc. relacionados con este tipo de industrias (manga, anime, videojuegos, etc.) en Japón. Japón exporta todo este tipo de material al extranjero, sabiendo que es altamente apreciado. Lo que en su día era algo de otakus, el sentido más peyorativo del concepto, se convierte en una potente herramienta económica y de soft power, haciendo de Japón, como ya señalaba McGray en 2002, una “superpotencia cultural” gracias en buena parte al atractivo internacional de su cultura pop. Un país que mola, que cae bien, que tiene cositas guays (¡como el manga o el anime, tan señalados solo una década antes!). Recomiendo totalmente la lectura de este artículo, titulado Japan’s Gross National Cool, para entender algunos de los motivos que llevaron a Japón a ver en las industrias creativas un enorme potencial económico (se habla de Pokémon y Hello Kitty, merece la pena). Akihabara, por ejemplo, es desde hace más de una década objeto de una continua promoción por parte de empresas de turismo, que buscan explotar este “diamante otaku“. El gobierno japonés con Abe Shinzo a la cabeza, disfrazado de Super Mario para promocionar las Olimpiadas, parece decírnoslo: ser otaku ahora (desde hace ya años, en realidad) mola. También nos lo dice el ex Primer Ministro y, actualmente, Ministro de Finanzas, Tarō Asō, que se identificó públicamente como otaku. Señores (muy) de derechas pero a su vez muy a tope con Sailor Moon. Está claro que lo liberal no quita lo otaku

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El primer ministro japonés, Abe Shinzo, disfrazado de Super Mario para promocionar los JJ.00 de Tokio. Foto de ©nikkansports.com

Entonces, ¿ser otaku en Japón de pronto pasó a molar? No exactamente. Galbraith, recogiendo las aportaciones de Kobayashi, divide a los otaku en dos tipos: los otakus consumidores y los otakus “extraños”. En sus políticas, el Estado “dividió” (no explícitamente) de este modo a los otaku, y buscó la normalización de los primeros y la invisibilización de lo segundos. La idea de otaku que se buscaba popularizar era la de aquel que aporta económicamente, que mueve la panoja, que vive entre su cuarto y las tiendas de Akihabara. Todo lo contrario ocurre con el otaku extraño, el que “actúa” más que “consume”, el que hace la performance. Durante estos años de “redefinición”, se hizo un esfuerzo desde las instituciones por “limpiar” el barrio de Akihabara de “otakus extraños”: aquellos a los que se les atribuye la participación en prácticas consideradas obscenas, molestas o ruidosas, como puede ser el cross-play, actuaciones en la calle de idols vistiendo provocativamente, bailes escandalosos de idol-otakus, o incluso hurtos en tiendas locales etc. En la segunda mitad de la primera década de los 2000, el rechazo por parte de los comerciantes locales de Akihabara hacia estas idols y sus seguidores otaku, se hizo patente a través de una serie de protestas y manifestaciones. En este ambiente crispado, una idol fue arrestada por vestir “provocativamente”. Tan solo un mes después, una serie de asesinatos perpetrados en Akihabara intensificaron (o reabrieron) el debate sobre los otaku “extraños”. Galbraith señala esta tensión a la hora de definir a los otakus en Japón y de dividirlos en dos grupos. Por un lado, los otaku que disfrutan de sus de sus hobbies a través de un consumo entusiasta, asociados con  figuras como la del protagonista de Densha Otoko y por otro, los otakus “extraños”, molestos y escandalosos, asociados con la figura de Tsutomu Miyazaki.  

Si bien es cierto que nunca ha existido un otaku ‘guay’, las políticas del poder han condicionado a este sujeto en Akihabara. Hay una considerable discordancia entre el otaku imaginado con el ‘boom’ del anime en Japón y en el extranjero y la imagen del otaku nacida de décadas de prensa negativa y ansiedad social (…) Imágenes polarizadas de los otaku, Miyazaki Tsutomu y Densha Otoko, existen conjuntamente.

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Fragmento de la serie de televisión Densha Otoko (2005)

Ni mucho menos supone este artículo una exposición profunda de una supuesta evolución lineal y única del concepto otaku. No hay ninguna evolución lineal, no existe nada que podamos denominar “imagen social” de manera tajante, ni el significado del concepto es únicamente movido y determinado por los intereses del Estado o las empresas privadas.  No debemos caer en el simplismo: el discurso del Estado es solo uno de muchos, la sociedad no es un ente uniforme, y la producción discursiva sobre el término otaku es multidireccional, la sociedad no se limita a aceptar significados, sino que también los reinterpreta y reproduce. Precisamente debido a esta multitud de discursos y formas de pensar, las contradicciones siguen existiendo, y es posible entender el concepto de maneras diversas e incluso opuestas según la situación o el momento. Detrás de cada discurso (el del Estado, el de las empresas privadas, el de los autoidentificados como otaku, el de los artistas, etc.) hay también una serie de intereses e ideologías que moldean de manera determinante la forma y el contenido de cada discurso. No es tan fácil definir qué es un otaku.

Sea como sea, la censura e intervención de contenidos durante el comienzo de los 90, los cambios durante la crisis económica, la redefinición del concepto, las protestas y arrestos en Akihabara, la doble vara de medir consumo/performance, las políticas de Cool Japan, etc.  han transformado y marcado, al menos parcialmente, los significados del término. ¿Qué habría pasado si, por ejemplo, no se hubiera percibido a los otaku como un grupo de consumo relevante? ¿Significaría el término otaku lo mismo que ahora? ¿Se habría exportado de la misma manera? ¿Seguiría sirviendo la gorra de Super Mario para convertir en cool a un liberal como Abe Shinzo? Si aceptamos que muchos de los que aquí escribimos dimos nuestros primeros pasos hacia Japón a través de esta “cultura otaku”… ¿Existiría acchiKei? Probablemente ni siquiera la imagen que muchos tienen de Japón sería la misma. Japón ha hecho de “lo otaku”, una marca nacional, y de su marca nacional, toda una estrategia en términos económicos y de soft power. Sea como sea, una cosa está clara: el opening de Digimon nos gusta a todos y Fairy Tail es un truño.

Os dejo algunas referencias interesantes relacionadas con el artículo:

Aida, M. (2005) The Construction of Discourses on Otaku: The History of Subcultures from 1983 to 2005. En Galbraith, P.; Kam, T.; Kamn, B. (2015) (eds.) Debating Otaku in Contemporary Japan: Historical Perspectives and New Horizons, pp. 105–128, Londres: Bloomsbury

Allison, A. (2009). The Cool Brand, Affective Activism and Japanese Youth. Theory, Culture and Society, vol. 26, pp. 89-112

Galbraith, P. (2010). Akihabara: Conditioning a Public Otaku Image. Mechademia, vol. 5, pp. 210-230

Galbraith, P. (2015) “Otaku” Research and Anxiety About Failed Men. En Galbraith, P.; Kam, T.; Kamn, B. (2015) (eds.) Debating Otaku in Contemporary Japan: Historical Perspectives and New Horizons, pp. 21–34, Londres: Bloomsbury

Kamn, B. (2015) Opening the Black Box of the 1989 Otaku Discourse. En Galbraith, P.; Kam, T.; Kamn, B. (2015) (eds.) Debating Otaku in Contemporary Japan: Historical Perspectives and New Horizons, pp. 51–70, Londres: Bloomsbury

Kikuchi, S. (2008) The Transformation and Diffusion of ‘Otaku’ Stereotypes and the Establishment of ‘Akihabara’ as a Place-brand. En Galbraith, P.; Kam, T.; Kamn, B. (2015) (eds.) Debating Otaku in Contemporary Japan: Historical Perspectives and New Horizons, pp. 147–162, Londres: Bloomsbury

Kinsella, S. (1999). Adult Manga: Prop-establishment Pop-Culture and New Politics in the 1990s. Media, Culture and Society, vol. 21

Kitabayashi, K. (2005) The Otaku Group from a business Perspective: Revaluation of Enthusiastic Consumers. Nomura Research Institute

Luz Rodriguez, P. (2014). O caso do Cool Japan: A construçao de uma política cultural para a promoçao de identidade nacional. Revista Observatório da Diversidade Cultural, vol. 1, pp. 50-63

McGray, D. (2002). Japan’s Gross National Cool. 

Office ladies: las olvidadas de las empresas japonesas

Al pensar en Tokio es fácil que muchas personas proyecten mentalmente la imagen de una multitud de hombres trajeados todos a la par, maletines en mano, andando de aquí para allá, cruzando el famosísimo cruce de Shibuya, subiendo o bajando escaleras mecánicas, entrando en estaciones de tren y de metro, luchando por hacerse hueco en un vagón en horas puntas, yendo a un izakaya o a un karaoke para cumplir con la rígida etiqueta japonesa para después regresar a casa completamente dormidos en el tren. Son los salaryman, hombres que trabajan en empresas a jornada completa y cuyas obligaciones e inconvenientes son cada vez más conocidos fuera de Japón.

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Entre toda esa marea de hombres que llenan las calles, los medios de transporte, las tiendas, los restaurantes y los bares de las principales ciudades japonesas, de vez en cuando, y cada vez con más frecuencia y en mayor número, vemos a una mujer también trajeada que podría parecernos el equivalente a un salaryman, tal vez una salarywoman. Error, en la mayoría de los casos serán offices ladies, mujeres que podrían compararse con las secretarias occidentales. El papel de estas mujeres pasa muchas veces desapercibido, pero no porque sea carente de importancia en la economía japonesa o como ejemplo para estudio sobre la discriminación de la mujeres trabajadoras en Japón, sino porque, una vez más, las mujeres quedan invisibilizadas.

El papel de la mujer está cambiando en algunas partes del mundo, alejándose cada vez más de los preceptos que la obligaban a ser dos cosas en la vida: esposa y madre. Pero cada país, cada cultura, avanza a un ritmo diferente como consecuencia de sus distintos pasados. En Japón todavía está considerablemente arraigado este doble papel que deben acatar las mujeres, y si no deciden hacerlo, sufrirán algún tipo de consecuencia. Lo más normal es que una mujer, acabados sus estudios, se busque un trabajo y lo deje en el momento de casarse. Muchas trabajando solo en puestos de media jornada (arubaitos), pero otras deciden hacerlo a tiempo completo en empresas, convirtiéndose así en office ladies.

Los primeros pasos

El término office lady (abreviado muchas veces como OL) lo acuñó en 1963 la revista Josei Jishin, una revista para mujeres; aunque existía un término aún más peyorativo que dejó de usarse al menos de cara al público: office flowers; que puede recordarnos a nuestro «mujer florero». En su título ya empezamos a percibir la discriminación frente a sus colegas, mientras que ellos son «hombres asalariados», ellas son simplemente «señoritas de oficina».

Las tareas del día a día de una OL son hacer fotocopias, llevar la contabilidad básica, procesar textos, atender llamadas e incluso servir el té y hacer recados fuera de la oficina. Teniendo en cuenta su cometido en la empresa, cabría esperar que estas mujeres carezcan de estudios o sencillamente tenga algún curso relacionado con las tareas de secretariado. Aunque algunas veces está lógica se cumple, lo cierto es que muchas de ellas tienen una carrera universitaria del mismo valor que la de sus compañeros hombres. Pero cuando un hombre y una mujer entran en una empresa no siguen el mismo camino a pesar de tener la misma formación y las mismas capacidades. Los hombres empiezan desde abajo y pueden ir ascendiendo en función a la antigüedad que tengan en la empresa, viendo así incrementado su sueldo. Pero este camino en ascenso está prácticamente vetado para las mujeres, que son dirigidas de forma obligatoria por un camino que se mantiene siempre a la misma altura y cuyo final se percibe no muy lejano.

Las OL no ascienden porque se espera que abandonen la empresa a los pocos años para dedicarse a su marido y a sus hijos. Por esta razón su trabajo no es evaluado y por tanto tampoco reconocido ya que en las políticas de las empresas no se contempla que vayan a ascender. Como consecuencia, en su día a día laboral se pueden percibir importantes discriminaciones que suman un total muy grande: no tienen tarjetas como profesionales, sus sellos son más pequeños que los de sus compañeros, tienen que comer a una hora fija y los hombres no, si una mujer se casa con un hombre de su misma empresa, ella debe dejar su puesto, y la más importante: el sueldo. Al carecer de la posibilidad de un ascenso, tardan muchos más años en ver sus ingresos aumentados. La brecha salarial es desorbitante, habiendo mujeres de 50 años que llevan toda su vida en una empresa y que cobran lo mismo que un hombre que lleva tan solo cuatro años en dicha empresa. Es un sistema que está ideado para usar a las mujeres durante unos años y después desviarlas hacia su verdadero camino como esposas y madres.

A medio camino

Ya hemos visto que las tareas de las OL son las de una secretaria, pero nos quedaríamos cortos si dijésemos que su trabajo se limita a eso. No son solo office ladies, son también offices wives (esposas de oficina) porque algunas llegan a realizar todo tipo de tareas para sus jefes, como comprar regalos para sus clientes o servirles el té a estos últimos. Esta última tarea, la de servir té a clientes de la empresa, es posiblemente la que más detestan las OL porque casi nunca reciben una muestra de agradecimiento ni por parte de sus compañeros ni por la de los clientes de estos, además de tener que recoger las tazas después de que han terminado y de verse obligadas a servirlo siguiendo la estricta jerarquía empresarial japonesa. Es una tarea que además las interrumpe de su verdadero trabajo porque deben acudir a realizarla en el momento en el que se les ordena, no teniendo así ningún control sobre sus tiempos en sus horas laborales.

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Como el sistema está preparado para que la mujer abandone su puesto antes de casarse, aunque existen las bajas por maternidad, tan solo son una formalidad. Si ya es raro que una mujer casada siga trabajando, que pretenda seguir haciéndolo después de tener un hijo lo es todavía más. Cuando una OL coge una baja por maternidad, su puesto no se cubre, por lo que sus compañeras acaban teniendo más trabajo del que les corresponde. Esa mujer será percibida como una persona egoísta por no tomar el camino que debe y perjudicar a sus compañeras, por lo que decidirse a coger una baja de maternidad en Japón es un acto de valor muy grande no exento de consecuencias, pues muchas llegan a sufrir acoso por ello; lo que fomenta así la mala relación entre las mujeres del departamento. Incluso, mientras están embarazadas se las traslada a departamentos con más carga de trabajo; eso, junto a su estado, hace que quieran abandonar definitivamente la empresa. Es una estrategia sucia porque la empresa no quiere, bajo ningún concepto, que una OL coja una baja por maternidad o para la crianza de sus hijos, prefieren que dejen su trabajo y contratar a una mujer soltera.

Por otro lado, a ciertos sectores empresariales de Japón no les interesa que las OL dejen de existir ya que es un grupo que gasta mucho. Pero ¿cómo es posible si su sueldo es mucho más bajo que el de sus compañeros? Porque, en la mayoría de los casos, las OL viven con sus padres y todo el dinero que ganan lo emplean en gastos personales: restaurantes, espectáculos, ropa, objetos e incluso viajes no solo dentro de Japón, sino también al extranjero. Al no tener que pagar facturas ni una hipoteca, tener unos horarios menos sobrecargados que los de sus compañeros y nadie de quien ocuparse, emplean todo su tiempo libre en ocio. Pero también hemos de tener en cuenta que lo hacen así porque son conscientes de que en el momento en el que se casen, está libertad de acción les será arrebatada porque deberán ocuparse de su marido, de criar a sus hijos y de llevar la economía familiar. Para ellas estos años son como unas vacaciones previas a unas obligaciones de las que jamás podrán escapar.

El final de su carrera profesional

El camino de una OL tiene un final cercano y esperado, pero es lógico imaginar que no todas las mujeres quieren casarse y tener hijos, o verse obligadas a dejar su trabajo para hacerlo, aunque la presión social es más fuerte. Muchas mujeres que a ojos de la sociedad japonesa ya deberían estar casadas y siguen trabajando acaban marchándose porque hablan mal de ellas en su entorno laboral. También se cansan de hacer trabajos demasiado sencillos para los que están sobrecualificadas por el gran número de años que llevan en la empresa y que además no son valorados de ninguna manera.

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Que una OL acabará dejando su puesto antes o después es una regla grabada tan a fuego en las empresas japonesas que cuando dejan su puesto porque van a casarse se hace una ceremonia en la oficina para celebrarlo. Si el jefe de alguna OL ve que este momento se está retrasando demasiado en el tiempo, acaban sugiriéndoles que es momento de que abandonen la empresa. Ante tal panorama no es de extrañar que la mayoría acabe sucumbiendo a esas normas que no están escritas pero que son tan fuertes y siguen todavía muy presentes a día de hoy.

Resistencia pasiva

Tras analizar el sinfín de discriminaciones que sufren las OL en sus puestos de trabajo, es lógico preguntarse si realizan algún tipo de queja formal para intentar cambiar su situación. La respuesta es no, al menos de forma directa. Ya sabemos que la sociedad japonesa no está ideada para que sus miembros se muestren especialmente reivindicativos ni combativos, y si se trata de una mujer es todavía más difícil que lleven a cabo una protesta como podríamos concebirla desde una perspectiva occidental. Pero lo cierto es que las OL sí que llevan a cabo actos de resistencia porque son plenamente conscientes de la discriminación que sufren por su sexo. Pero son actos semiocultos e indirectos que podrían pasar desapercibidos ante nuestros ojos si no los analizamos detenidamente y teniendo en cuenta la relación entre las mujeres y los hombres de una empresa y qué papel juega cada uno de forma individual.

Estos actos de resistencia pueden dividirse en dos: actitudes que afectan a la eficiencia de los hombres y actitudes que afectan a la reputación de estos. Una OL puede decidir no ser cooperativa con algún jefe que no la haya tratado bien negándose a tomar la iniciativa de ayudarlo y negando favores. Entre los actos que pueden afectar a la reputación de sus compañeros se encuentran: informar a recursos humanos de su mal comportamiento, hacerles el vacío (sosukan), cotillear sobre ellos y, sorprendentemente, el ritual del Día de San Valentín.

En sus horas libres, las OL solo se relacionan entre ellas, y una de las cosas que hacen es hablar sobre sus compañeros. Se quejan de que algunos son arrogantes y las deshumanizan tratándolas como simples máquinas. También se fijan mucho en si son eficientes o no, pues esto repercute directamente en ellas, cargándolas con más o menos trabajo. Consideran que, al tener unos sueldos bastantes superiores, de vez en cuando deben invitarlas a comer fuera. Todos estos criterios que usan para evaluar a los hombres son fijados por las políticas discriminatorias que sufren. Pero ¿cómo es posible que esto sea un acto de resistencia? Lo es porque estas críticas no quedan entre las OL, sino que se las hacen saber de forma indirecta al hombre en cuestión. Como consecuencia, el superior del hombre criticado entenderá que aún no es apto para un ascenso porque no sabe supervisar a sus subordinadas. Además, cuando una mujer percibe a un hombre como alguien negativo y lo comparte con sus compañeras, esta visión negativa se extrapola a todo el conjunto de OL de la planta y se mostrarán poco cooperativas con él. Toda esta dinámica está tan presente y puede perjudicar tanto a un hombre en su trabajo que hay libros y hasta revistas con secciones dirigidas a ellos con el propósito de entender mejor la psicología de las OL para saber cómo actuar con ellas y que así su comportamiento no les repercuta de forma negativa.

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La celebración de San Valentín en Japón es bastante peculiar; es una tradición occidental que han adaptado y que poco tiene que ver con la original. El 14 de febrero, las mujeres que trabajan en una empresa deben regalarles chocolate a sus compañeros de sección, presente que será devuelto durante el White Day un mes después. Estos chocolates son un medidor de popularidad de los hombres entre las OL de su departamento. Todos reciben algún chocolate, pero a algunos solo les regalan el obligatorio mientras que otros reciben muchos más. ¿Qué quiere decir eso? Cuantos más chocolates reciben, mejor opinión tienen las OL de ese compañero. Pueden ser regalos envenenados si la cantidad de chocolate que reciben es menor, si se lo dan tarde o si el chocolate está roto; este último es un claro mensaje de que no es apreciado entre sus compañeras puesto que no ha sido casual que el chocolate recibido se encuentre en mal estado. Esta celebración es uno de los pocos momentos en los que las mujeres se unen y deciden a quién van a regalar y qué cantidad como forma de protesta. Algo parecido ocurre cuando un hombre es trasladado a otra ciudad por la empresa, las mujeres acostumbran a regalarles flores, pero estas también dependerán de cómo se haya comportado él con sus compañeras a su paso por la empresa. Es bastante significativo que estos regalos que les hacen las mujeres a los hombres, chocolates y flores, no sean cosas que los hombres japoneses (y no japoneses) disfruten y valoren especialmente, sino que son regalos más propios de hacerle a una mujer según las costumbres. Es sin duda una ironía que hayan sido elegidos como medidores de popularidad entre las OL.

Mencionábamos antes el White Day, que se celebra justo un mes después de San Valentín. En este día los hombres del departamento obsequian a sus compañeras con un regalo más valioso que el recibido en San Valentín. Es importante que no se les pase por alto este regalo y que esté bien pensado, pues de lo contrario pueden ganarse mala fama entre las OL, algo que, como hemos visto, no les conviene en absoluto en su carrera hacia el ascenso. Lo irónico de esta situación es que en la mayoría de los casos, durante los días previos al White Day las tiendas se llenan de regalos, pero lo que nos encontramos no son a salaryman escogiendo el obsequio ideal para su compañera, sino a las mujeres de estos. Muchas de las mujeres de estos hombres fueron en su día OL y conocen muy bien las consecuencias de no regalar nada en el White Day, por lo que no desean que a sus maridos les ocurra lo mismo. Las que antes habían protestado pasivamente, ahora deben asumir un papel de apoyo al hombre.

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Todas estas son formas sutiles de resistencia porque se encuentran sin poder alguno y no creen que merezca la pena quejarse más formalmente ya que acabarán dejando la empresa cuando se casen. Tampoco tienen miedo a posibles represalias porque al no tener posibilidad de ascenso, no tienen nada que perder. En su discriminación encuentran puntos a favor para protestar precisamente por ser tratadas injustamente con respecto a los hombres.

Este entorno laboral de la oficina es un territorio muchas veces amenazante y hostil para las mujeres en el que resulta complicado sentirse a gusto porque está ideado para  algún día expulsarlas. Además de verse limitadas a realizar tareas para las que está sobrecualificadas, no son evaluadas ni recompensadas o sancionadas por su trabajo, lo que también es una forma de machismo. Se ven obligadas a ejercer un papel muy similar al de una esposa en un entorno laboral, son acosadas si deciden cogerse bajas de maternidad y no están exentas de los abusos sexuales. La sociedad en la que viven no las anima a llevar a cabo una protesta activa, por lo que se ven limitadas a realizar simples acciones de resistencia que entorpecen el trabajo de sus compañeros, pero que no les reporta mejoras sustanciales en sus condiciones laborales. Todos estos factores hacen que su independencia económica, y con ella su independencia general, se vea limitada a unos pocos años durante la veintena y que después vean el matrimonio como única opción para asegurarse un futuro sin problemas económicos. Pero no solo las OL sufren la discriminación, cualquier mujer que se salga de la norma es castigada por el sistema, y como resultado muy pocas se atreven a salir de este, perpetuando así una maquinaria de injusticias para las mujeres. El mundo está cambiando y Japón, al menos de cara el público, tiene la intención de seguir este cambio, pero la realidad es que aún queda un largo camino para la liberación de las mujeres en un país liderado por hombres.

 

Fotografía de portada: ©Tatsuo Suzuki

Curso ‘Arte Contemporáneo de Asia Oriental: mujer, visibilidad y mercado’ en la Universidad de Zaragoza

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Siguiendo la estela de los relevantes estudios de arte de fuera de Europa de la Universidad de Zaragoza, este curso presenta una panorámica histórica sobre el arte contemporáneo de varios países de Asia Oriental (especialmente, China, Japón, Vietnam e Indonesia), prestando especial atención al papel de la mujer dentro del mismo. Abordaremos el estudio sus manifestaciones artísticas desde sus primeros encuentros con la modernidad hasta el momento actual. Tradicionalmente atrayente por su exotismo, el arte asiático contemporáneo se ha insertado plenamente dentro los mercados y sistemas artísticos globalizados, a pesar de mantener un carácter muy marcado, lo que genera multitud de contextos muy particulares –especialmente en lo que atañe a las mujeres-. Con el objetivo de descentralizar la mirada sobre las lecciones y temarios habituales, el curso se concibe como una serie de sesiones temáticas dedicadas a varias de las regiones de Asia de gran peso y relevancia en el mercado internacional. Gracias a este curso, el alumno podrá desenvolverse con solvencia dentro del panorama actual del arte asiático, aprendiendo a diferenciar, catalogar e interpretar los más relevantes artistas y corrientes.

Inscripciones abiertas hasta el 21 de junio.
Precio de la matrícula: 140 € (Tarifa general). 120 € (Tarifa reducida)

Programa:

Miércoles, 3 de Julio
09:30 h. Inauguración y presentación del curso, contenidos, metodología y objetivos. (1) (2)
10:30 h. Lección inaugural “Construyendo un nuevo panorama: Asia ante el mundo” (2)
11:45 h. El nacimiento del arte contemporáneo en China. (1)
13:15 h. El nacimiento del arte contemporáneo en el sudeste de Asia. (1)
16:45 h. Arte actual en China. (2)
19:00 h. Orígenes del arte moderno en Vietnam. (3)

Jueves, 4 de Julio
09:00 h. Arte de Vietnam, de la postguerra a la actualidad. (3)
10:00 h. Arte, política y feminismo en Vietnam. (3)
11:30 h. El nacimiento del arte contemporáneo en Japón. (1)
13:00 h. Arte, mujer y propaganda en Asia Oriental. (1)
15:30 h. Arte contemporáneo y actual en Indonesia. (1)
17:15 h. Arte y cuestiones de género en el Sudeste Asiático (3)
18:30 h. Sesión taller: Trazos de modernidad (4) (1)

Viernes, 5 de Julio
09:00 h. Arte actual en Japón (2)
10:45 h. Arte, política y feminismo en Asia Oriental. (2)
12:00 h. El arte asiático en España: creación, coleccionismo y mercado (2)
15:30 h. El papel del arte tradicional asiático en el arte contemporáneo. (2)
17:15 h. Sesión taller: De la naturaleza al museo: procesos creativos en el Arte Contemporáneo. (5)
19:00 h. Mesa redonda: Charla, debate y clausura del curso: “Las huellas del arte asiático en el mundo contemporáneo”. (1) (2)

Ponentes:
1. Marisa Peiró Márquez (Universidad de Zaragoza)
2. Alejandra Rodríguez Cunchillos (Universidad de Zaragoza)
3. Cristina Nualart (Universidad Complutense de Madrid)
4. Dan Zhou (Instituto Confucio de Zaragoza)
5. Mari Ito (Artista)

DIRECTORES: Marisa Peiró Márquez y Alejandra Rodríguez Cunchillos
ORGANIZA: Cursos Extraordinarios de la Universidad de Zaragoza
COLABORA: Grupo Japón y España: relaciones a través del Arte
PATROCINA: Instituto Confucio y Grupo de Investigación Japón

Más info a través de este enlace.

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Información cedida por Alejandra Rodríguez Cunchillos.

Fotografía de portada por Yasumasa Morimura ©

Entrevista a Lee Chapman. Las realidades de Tokio a través de sus fotografías

El fotógrafo Lee Chapman creció en Manchester, Reino Unido, y se lanzó a ir a Japón en 1998. Su plan no era para nada quedarse en el país y, cosas de la vida,  lleva ya más de veinte años. El plan original era estar unos dos años pero, con el tiempo, Japón se convirtió en su hogar. Empezó a fotografiar como forma de documentar la vida en el país y Tokio, la ciudad que le acogió. Sin darse cuenta la fotografía se convirtió en su pasión, y la pasión finalmente en trabajo.

Realiza tours fotográficos por la ciudad, buscando la belleza en lugares donde en principio no irías a buscarla. La lente de Chapman siempre nos muestra aspectos a menudos desconocidos y poco expuestos de Tokio y nos sorprende en cada instantánea que comparte en su blog online Tokyo Times. Sus fotografías a japoneses desfasados y algo perjudicados por el alcohol se han hecho bastante populares en las redes sociales. Pero hay mucho más. Lee Chapman es un extranjero ya veterano en Japón y un fotógrafo esencial para comprender los Tokios que habitan dentro de Tokio.

Portfolio: leechapman.photos
Tokyo Times: tokyotimes.org
Instagram: instagram.com/tokyotimes_lee
Facebook: facebook.com/tokyotimes.org
Twitter: twitter.com/tokyotimes

Comencemos.

¿Quién dirías que es tu fotógrafo japonés favorito?

L.C.: Es muy difícil elegir pero diría sin dudar que Daido Moriyama, Masatoshi Naito y Eikoh Hosoe son mis favoritos.

Gaijin y voyeur (broma). Tu serie de fotografías THE STARING muestra a personas mirando directamente a tu cámara, conscientes de estar siendo fotografiadas. ¿Se han enfadado contigo alguna vez?

L.C.: Sí, de hecho, se enfadan bastante a menudo. Pero al ser Japón nunca nadie se ha puesto agresivo ni me he sentido atacado. A decir verdad, en este país, con una sonrisa o una muestra rápida de disculpa se puede librar uno de una situación verdaderamente incómoda.

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¿Crees que tus fotos son más disfrutadas por público extranjero que por el propiamente japonés? ¿Pueden también los japoneses encontrarlas interesantes como reflejo de su sociedad?

L.C.: Creo que un poco las dos cosas. Ojalá sea así. Inevitablemente mi forma de ver Japón es diferente a la de los japoneses. Al fin y al cabo soy un extranjero. Por mi parte, me interesa mostrar elementos que no son muy manifiestos o evidentes. Por ejemplo, suelo prestar atención a las personas mayores, que en muchas sociedades parecen tener un papel más secundario y olvidado. La belleza en su máximo exponente puede encontrarse también en estos elementos, por poco convencionales o interesantes que parezcan.

¿Cómo de diferente es tu vida con la que recoges en tu proyecto de TOKYO TIMES?

L.C.: Una pregunta muy interesante y difícil de contestar. La verdad es que nunca me lo había planteado. Diría que casi todo lo que aparece en mis fotografías es simplemente lo que veo pero también hay bastante de mí y de mi vida en ellas.

El proyecto Tokyo Times consiste básicamente en un blog de fotos. Es básicamente una forma de registrar mis paseos fotográficos, de recopilar mis mejores instantáneas y también, por qué no, de promocionar mi trabajo. Podéis visitar el sitio web de Tokyo Times haciendo click aquí.

¿Cuál es la zona de Tokio que más te inspira? Como muestras en tus fotos, Tokio es una ciudad diversa y con muchas caras. ¿Cuál es la más interesante para ti?

L.C.: Desde las zonas más viejas a las más modernas, en todas encuentro algo fascinante e inspirador. Las zonas más antiguas transmiten una sensación del pasado que nunca más volveremos a ver y las más nuevas la incógnita de cómo serán en el futuro.

Probablemente, la zona que más trabajo es el área de Shinjuku.  Aunque en el moderno Shinjuku cada vez pueden encontrarse menos elementos del pasado, existe una mezcla increíble y única de contrastes y personas.
La diversidad es una de las mejores cosas de Tokio. Hay de todo y para todos. Solo tienes que descubrir lo que más te interesa y allí podrás encontrarlo.  

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Tu fotografía se interesa y pone de manifiesto el papel de los ancianos en la sociedad, cuya imagen contrasta fuertemente con la del Tokio joven, acelerado y cambiante. ¿Cuál es el papel crucial que tienen los ancianos en la envejecida sociedad japonesa? ¿Qué mensaje deseas transmitir con esta serie de fotografías?

L.C.: Para ser sincero, no tengo ningún mensaje. Simplemente intento mostrar cómo es Tokio y como es la vida de estas personas mayores en el Japón en la actualidad. De alguna forma es un intento por mostrar otras realidades del país que a menudo son ignoradas.
Por supuesto, de una forma u otra el creciente número de ancianos en Japón va a jugar un papel crucial en el futuro del país. Cuál será este papel está aún por verse.

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Tus fotografías sobre borrachos y resacosos se han hecho muy populares en las redes. ¿Cómo te sientes cuando haces este tipo de fotografías?

L.C.: Aún me sigue fascinando eso de una ciudad tan grande como Tokio. La ciudad es tan segura que la gente puede quedarse dormida tirada en la calle, incapaces de llegar a casa tras una noche de excesos. Por una parte toda esa seguridad está muy bien pero por otro lado da un poco de pena que no sean capaces ni de moverse para llegar a la estación de tren más cercana (risas).

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En tu serie fotográfica THE NATIONALISTS hay fotos muy directas con unos protagonistas conscientes de que están siendo fotografiados. ¿Tenías permiso para hacerlas? ¿Fueron amables contigo? Cuéntanos alguna anécdota de tu visita al santuario de Yasukuni.

L.C.: La verdad es que no tenía permiso para hacer esas fotos. Simplemente supe que estarían en el santuario de Yasukuni y decidí que tenía que fotografiar el momento.
No diría exactamente que fueran amigables, pero la verdad es que no tuve ningún problema. De hecho a parte de una conversación con el hombre de esta fotografía, nadie más me dijo nada ni hubo queja alguna.

Solo tengo una anécdota de cuando fotografié por primera vez el Santuario. No sabía que iba a haber un evento. Yo solo pasaba por allí. Afortunadamente, empezó el evento y cuando llegaron los “devotos” comenzó a nevar, dando un resultado en las fotografías con una atmósfera muy especial. Sentí como si se hubiera detenido el tiempo y que nunca más tendría la oportunidad de hacer fotografías como estas.

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¿Puedes contarnos sobre proyectos en los que estés trabajando o tengas en mente?

L.C.: Mis reportajes sobre ancianos y partes antiguas de Tokio son proyectos que sigo desarrollando. Además he comenzado un proyecto que consiste en fotografiar vías de tren abandonadas. Cada vez hay más vías en desuso debido al creciente urbanismo combinado con el descenso poblacional, lo que hace insostenibles muchos servicios de tren.

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Portfolio: leechapman.photos
Tokyo Times: tokyotimes.org
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Las Rutas de la Remezcla: un espectáculo que propone diálogos imaginarios entre Iberia y Japón

Llevamos la palabra Pan,

llevando la palabra dios.

Pan en japonés se dice Pan

 

Tras varios meses de desarrollo Antropoloops, La Plasita y Tangiblex presentan este sábado 10 de noviembre en el marco del refectorio de Santa Clara (Sevilla), la propuesta ‘Las Rutas de la Remezcla’ un espectáculo gastrosófico-musical que recrea, desde la lógica de la remezcla, los encuentros e intercambios culturales que pudieron producirse entre jesuitas ibéricos y japoneses durante los siglos XVI y XVII.

Sus creadores

Antropoloops (Rubén Alonso y Esperanza Moreno)

La Plasita (Jaime Gastalver y Lilian Walker)

Tangiblex (Miguel Vázquez-Prada)

Gracias al apoyo del banco de proyectos del ICAS, ha sido posible poner en marcha una experiencia con vocación multisensorial y adaptada al espacio en el que se presenta, el refectorio del convento de Santa Clara en Sevilla. La creación entrelazada del menú, de la música y de los visuales pretende dialogar, desde el presente, con los distintos modos de hibridación e intercambios culturales históricos.

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Las expresiones musicales, como las culinarias, guardan en sus pliegues las historias de sus génesis mestizas, sus viajes, migraciones, éxodos y diásporas.

Las recetas, como las canciones, son fruto de la recombinación contínua de un ingrediente tras otro en una cocción-reinterpretación sin fín.

 

Las Rutas de la Remezcla genera una experiencia que sumerge al espectador-comensal en lo sensorial combinando comida, música, visuales y palabra poética. Un ritual narrativo, escénico y gastronómico estructurado en 4 escenas, en el que se dan la mano los aspectos tecnológicos, el conocimiento de los ingredientes y sus viajes. El carácter musical y visual de la propuesta se cumplimenta con un aspecto performativo que pretende acercar el contenido al espectador-comensal, haciéndolo partícipe, en ocasiones, del desarrollo mismo de la dramaturgia.

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Un maridaje en el que las bases sonoras de Antropoloops, se entrelazan con la aportación visual de Tangiblex y las recetas y poemas de La Plasita, tras un proceso de investigación sobre el contexto histórico, gastronómico, visual y musical que comprende el periodo entre 1543 y 1640, dando forma a esta propuesta que remezcla y, al mismo tiempo, se convierte en punto de encuentro de culturas, identidades y alimentos.

Más información en la web del proyecto. Desde acchiKei esperamos que sea todo un éxito y sea posible en un futuro próximo disfrutar de esta experiencia en nuevas ediciones.

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Texto cedido por La Plasita